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Thoughts / lunes, octubre 2nd, 2017

Sabes que has subido las escaleras del piso de tu abuela contando los escalones y que cada domingo te ha dado una cantidad de peldaños de mármol distinta. Sabes que has ido a tocar la nieve con toda la ilusión del mundo y que se te ha quitado la sonrisa de la cara al comprobar que no es suave y brillante, como la de los dibujos animados. Sabes que te has tumbado en la hierba y te has dedicado a ver cómo se mueve el césped sin ningún tipo de contacto físico, pensado que son las hormigas las que mueven los delicados filamentos verdes. Sabes que has intentado desenvolver los regalos muy despacio, para que el mejor momento del año durase más tiempo. Que te has asustado al ver cómo de repente una mariquita echa a volar desde lo más alto de tu dedo. Que has paseado por la calle intentado pisar solo las baldosas de color rosa palo y evitando las grises. Que has dado golpes al cristal de una pecera, pensando que los peces iban a ser así tus amigos; o igual pensado que oyen los golpes igual de fuerte que cuando la sobrina del dentista golpea la pecera, en la película de Nemo. Que has sacado punta al lápiz por el lado que no era. Que te has visto tu película de dibujos animados preferida más de diez veces por lo menos. Que has intentado quedarte sentado en el suelo de la piscina. Que has dibujado una raya azul en la parte superior del folio a modo de cielo; un cuarto de círculo en la esquina, a modo de sol; y rayas verdes a modo de hierba en la parte inferior. Que has soñado muchas veces con que eres uno de los personajes de tu serie favorita. Que asegurabas haber visto alguna vez la sombra del ratoncito Pérez. Que no entendías por qué tus padres no les pedían juguetes a los Reyes Magos. Que tu madre tenía que llevarte desde la orilla del mar hasta la toalla para no mancharte los pies de arena. Que tú hermano o tú hermana, eran el mayor intruso en tu casa. Que les contabas mentiras a tus amigos para que así te prestasen más atención. Que creías que se podía andar por encima de las nubes e incluso que había un mundo ahí arriba, al que se entraba por una puerta de oro. Que te encantaba ser el que dirigía el trenecito que hacían tus amigos en el patio, en el que nos cogíamos todos de la parte de atrás del babi. Que tenías que ser el que mejor disfraz llevase en la fiesta de disfraces que tanto tiempo llevabas esperando. Que no te daba vergüenza tirarte por el suelo y gritar solo para divertirte. Que intercambiabas cromos o pegatinas con tus amigos. Que mirabas a los mayores y te preguntabas cómo sería tener diez años más. Lo divertido que sería salir cuando tu quisieras, hablar como tus padres, ser los mayores del pasillo, escribir rápido en el ordenador, llevar zapatos de tacón, tener ese trozo de plástico que a cualquiera le hace feliz al que llaman tarjeta de crédito, saber lo que está diciendo el hombre de las noticias, mirar el árbol de navidad desde arriba, poder utilizar el cuchillo, o conseguir construir el castillo de arena tan bien como tu padre, sin que se desmoronen las torres que tanto te habían costado. ¿Y ahora? Ahora que lloras por motivos que dentro de unos años no serán nada. Que muchas veces te olvidas de las personas que de verdad están ahí. Que no dices tantos te quiero a tus padres y ahora que debido a tu poca ignorancia e inocencia no consigues regresar a ese mundo en el que solías vivir. Ahora quién no mira a los niños pequeños y se pregunta cómo sería tener diez años menos. Quién no les mira preguntándose qué se les estará pasando en ese momento por la cabeza y qué estarán observando ese par de ojos curiosos. Quién no ha tenido cinco años. Quién no querría volver a tenerlos.


Text by: Irene Nortes

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